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Leyendas MatancerasEn la literatura, la leyenda es una relación de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos. La leyenda nace y se desarrolla en el marco de la tradición oral y de ésta la recogen los escritores elaborándola artísticamente. La narración fantástica (de hechos asombrosos, o al menos excepcionales) que es la leyenda, mantiene siempre un vínculo cronológico o topográfico con la realidad, de la que se extrae algunos elementos (hechos, personas o cosas) para darle categoría de símbolos. Se distingue del mito por la circunstancia de que su sustrato lo constituyen personajes y hechos humanos, mientras que el mito gira en torno a seres sobrehumanos, fuera así de la historia de los hombres. Nuestra provincia no escapa del encanto de las leyendas, tejidas alrededor de sus valles, montañas y ríos. Puede leer alguna de ellas seleccionandola a continuación.

Leyenda La India Dormida: "Cuenta la leyenda que en el poblado amerindio de Yucayo, vivió una hermosa india llamada Baiguana. Era tal la belleza de la india que enloquecía a los hombres porque a todos buscaba y a todos se entregaba, por lo que fue obligada por el cacique a vivir lejos de la aldea. Pero todos los hombres iban hacia Baiguana y la pesca, la caza y los sembrados se perdían por falta de atención. El cacique Manguaní fue al río Jibacabuya, que era el más poderoso afluente del río Largo, para hablarle a la boca de agua del Dios Murciélago y pedirle consejo para resolver el asunto de la bella y ardiente Baiguana. Por orden del Dios, el cacique Manguaní llevó de regalo a la india un pescado mágico. Cuando Baiguana lo comió, se acostó a dormir frente a su bohío mirando a la luna y cuando el sol tiró sus flechas de sangre sobre la tierra, Baiguana se había hecho gigantesca y de piedra. Baiguana ya solamente era una montaña con forma de mujer dormida"

Leyenda El abra del Yumurí: Los personajes de esta leyenda son: la hija de un cacique de la región occidental y el hijo del cacique del Gran Camaguey. Cuentan que cuando nació la india Coalina, se hicieron grandes fiestas para celebrarlo y cuando más entusiasmados estaban llegó un anciano behíque, desconocido para todos y profetizó que cuando la niña creciera se convertiría en una bella india y al enamorarse ocurriría una catástrofe. Para que no se cumpliera la profecía del behíque, cuando la bella Coalina creció, la llevaron a lo alto de una montaña en un bohío rodeado por viejas indias armadas con arcos y flechas para impedir el acercamiento de hombre alguno, evitando así ,que la joven india corriera el riesgo de enamorarse. La noticia del cautiverio de la bella india Coalina llegó al cacicazgo siboney del lejano Camagüey y despertó la curiosidad y el deseo de Nerey, heredero del mencionado cacicazgo, que decidió recorrer la distancia que lo separaba de la cautiva para conocerla. Después de mucho andar montañas, llanuras y ríos, llegó el joven y apuesto indio hasta el bohío que ocultaba a la princesa india y la vio toda adornada con flores, tan parecida a una virgen que inmediatamente se enamoró de ella. Tan bello fue el lenguaje de amor que el indio utilizó para hablarle a la joven, que la inocente india también se enamoró. Pero a cada palabra de amor que se decían los enamorados, la montaña temblaba cada vez más fuerte. Las indias guardianas, atemorizadas corrieron montaña abajo gritando ¡Coalina se ha enamorado! La montaña tembló más fuertemente y Coalina asustada se refugió en los brazos del bravo Nerey. En ese momento la montaña se abrió en dos, arrastrando a los jóvenes y por el boquete se precipitó el río llevándose a los enamorados. Cuenta la leyenda, que en las noches de pleniluvio cuando el viento pasa por el abra se oye murmurar "Coalina y Nerey".

Leyenda La Gaviota del San Juan: Era allá por la primavera del año 1795. La población de Matanzas, con más de seis mil habitantes, tenía junto al río San Juan una casucha de tabla y techo de guano, donde vivía una vieja esclava llamada Ma Teresa, con su nieta. Esa nieta, según malas lenguas, era hija del solterón Don Sebastián, el poderoso amo de la vieja Ma Teresa que, siendo esclava, vivía como liberta y con pensión estrecha que le pasaba el amo. La nieta de Ma Teresa se llamaba Julia Rosa, así quiso el amo que se llamara. Julia Rosa era de piel en seda canela, de rostro lindo y subrayado por la perfección de dos ojos verdes que echaban al mundo la alegría de sus diecisiete años. Y para gozo de los murmuradores, Don Sebastián también tenía ojos verdes, ojos que sabían encenderse en ira cuando alguien se atrevía a hacer alusiones a la casita de junto al río San Juan. Esto bien lo conocía su hermana mayor Doña Rosario, quien no veía con gusto que la vieja Ma Teresa viviera fuera de la casona de la calle Ricla (hoy Independencia) que ella, por orden de su hermano gobernaba como dueña, aunque éste le recordaba de vez en cuando que él era el amo y señor de la casa y de la fortuna familiar. La verdad era que, Doña Rosario, se daba cuenta perfecta de que aquel mantener a Ma Teresa en la casita del San Juan con la nieta ya mujer, era la causa de que siguiera vivo el escándalo que se produjo cuando Julia, la hija de Ma Teresa, parió una niña casi blanca y murió, muerte que Don Sebastián lloró en público el día del entierro. Además, a Doña Rosario, viuda de García Soller, le estorbaba Julia Rosa, quien podía mermar la herencia de su hermano, que le correspondía a su hijo Felipe. Doña Rosario con ver a su hijo Felipe casado con Elvirita, la hija de Doña María Elvira. Ya Felipe tenía 25 años, había que pensar en estas cosas Llegó la noticia por dos vías. Don Sebastián la supo por la tarde cuando hablaba en la Plaza de Armas (hoy Plaza de la Vigía) con Don Pablo García... Doña Rosario la supo en la mañana, al salir de misa, de labios de Doña María Elvira... La noticia era sorpresiva, revelaba que Felipe, desde hacía dos semanas era visita diaria en la casita de la esclava Ma Teresa... Doña Rosario habló varios veces con Doña María Elvira. Y Doña Rosario, aprovechando que su hijo y su hermano estaban en una de las fincas, recibió a Tata Mongo, el viejo esclavo de Doña María Elvira. Tata Mongo aseguró que él podía resolver el asunto del niño Felipe y de Julia Rosa... Porque él tenía los secretos que le dieron en su tribu cuando lo hicieron jefe de brujos...Y allá en África, él podía hablar con los dioses, quienes tenían poderes grandes muy grandes... Y él todavía hablaba con los dioses, y los dioses le hacían favores... Ya el sol no miraba a la tierra cuando llegó Tata Mongo a la casita junto al río San Juan, con un misterioso dulce de coco para Julia Rosa. La vieja Ma Teresa, había ido a ayudar a una mujer que estaba de parto. Julia Rosa comió el dulce de coco...Era bueno y extraño...Tata Mongo, mientras ella comía, le hizo cuentos raros...El último cuento era el más raro...Decía Tata Mongo, que en su tribu de África los grandes brujos podían pedirles a los dioses que volvieran aves a las mujeres, y los dioses lo hacían...Y las mujeres hechas aves no morían nunca... Julia Rosa, interesada e inquieta, le preguntó a Tata Mongo si él sabía convertir en ave a la mujer... Y Tata Mongo le respondió que si, que a ella la podía convertir en gaviota, y que si la convertía en gaviota, ella no podría morirse nunca. Julia Rosa se rió mucho...Después tuvo miedo... Don Sebastián estaba como enloquecido, Julia Rosa había desaparecido de la casita junto al río. Ma Teresa, lloraba a todas horas. Felipe, desesperado, ya no sabía donde buscar a Julia Rosa... Tata Mongo fue mandado lejos, a una finca de Doña María Elvira. Doña Rosario comenzó a sentir en el alma la mordedura venenosa de un remordimiento atroz. Una noche, después de la comida, llegó Ma Teresa. Y todos: Don Sebastián, Felipe y Doña Rosario, le oyeron decir que ahora sabía lo que le había pasado a su nieta... Ma Teresa afirmó que Julia Rosa, por obra de los dioses africanos, estaba convertida en gaviota. Y creyeron todos Ma Teresa había perdido la razón. Felipe estaba junto al río San Juan, cerca de la casita abandonada de Ma Teresa...El corazón de Felipe era una lágrima que no podía subir a los ojos... De pronto vio venir hacia él a una gaviota...La gaviota se posó en una piedra cercana y lo miró de un modo raro, casi humano...La gaviota tenía los ojos verdes... Y pasaron los meses...Y Felipe murió loco porque se enamoró de una gaviota... Y la gaviota de ojos verdes del río San Juan , muchas veces vuela sobre Matanzas... Es una gaviota misteriosa que no puede morir...

Leyenda El Perro Invisible: Doña Ramonita Oramas, viuda de Solís, vivía al comienzo del año 1770, honestamente pobre y sola en una pequeña casa alejada de la Plaza de Armas (hoy de la Vigía, en Matanzas)Pero Ramonita tenía un fiel compañero de soledad en su enorme perro de blanco pelaje, al que ella llamaba Capitán.Ramonita cosía primorosamente, hacía dulces y favores, y era recibida, por estar emparentada lejanamente con familias distinguidas, en todas las buenas casas de la población. Con lluvia sofocante o calor mortificador todo vecino curioso podía ver a Ramonita, acompañada de Capitán, camino de la iglesia todos los días del año. Ella entraba y el perro se echaba a la puerta del templo en espera de su ama. Misa diaria y comunión frecuente eran el consuelo y sostén del valeroso corazón de la viuda cincuentona y hacendosa. Ramonita tenía un curioso secreto: ella le había pedido a la Santísima Virgen que le diera mucha vida a su perro, para que Capitán, su único compañero, pudiera estar con ella hasta que la muerte la llamara.Así que Ramonita se emocionó mucho cuando una mañana vio, desde su banco, que Capitán, rompiendo la costumbre de esperarla en la puerta, entraba a la iglesia y se detenía frente a un altar lateral donde estaba la imagen de la Virgen Santísima y, después mirar largamente la imagen, se echaba frente a ella.En la casi desierta iglesia nadie vio a Capitán echado a los pies de la Virgen María.Y este episodio insólito de la vida de Capitán no tuvo más testigo que su ama, la que lo interpretó como una respuesta de la Santísima Virgen a su ruego de larga vida para Capitán.Nadie pudo explicar cómo había ocurrido el hecho: Capitán, el enorme perro blanco de Doña Ramonita, estaba muerto en la calle, frente a la iglesia, con la cabeza rota.Ramonita lloró a Capitán y rezó por él diariamente ante el altar de la Virgen María.Tres semanas después de la muerte de Capitán, sintió Ramonita que en el patio de su casita ladraba un perro con el ladrido, inconfundible para ella, de su desaparecido Capitán.Ante la insistencia del ladrido, Ramonita se asomó al patio...Y vio a Capitán...Sí, era Capitán, pero transformado: tenia el pelo blanco como si estuviera hecho de luna, y los ojos se le habían vuelto azules y luminosos.Ramonita, sin miedo llamó al perro... Y éste vino a ella meneando la cola, jubiloso, y le lamió las manos...Después se hizo invisible, desapareció...Llegó el mes de enero de 1771, Ramonita, en su lecho de muerte, reveló que todos los días veía a Capitán transfigurado en un ser protector y que era capaz de estar junto a ella, pero invisible...Y Ramonita aseguró que ella sabía que la Virgen le había concedido vida eterna a su perro, que había hecho de Capitán un invisible amigo de Matanzas, para ayudar a los buenos...Ramonita murió... Y los amigos de Ramonita pensaron que la historia que ella contó, poco antes de morir, no era más que un deliro de enfermo que se muere.Una noche de marzo de 1771, el maestro Don Pablo García (quien había sido traído de La Habana por el Regidor Waldo García de Oramas, lejano pariente de Ramonita) vio un perro enorme de pelambre como hecha de luna y ojos luminosamente azules...Pero que, ante sus ojos, se hizo invisible...Y el maestro Don Pablo habló mucho del perro que se hacía invisible. Y el Regidor Don Waldo García de Oramas, oyendo al maestro, llegó a pensar que ese perro era Capitán... Y recordó lo que decían que había contado Doña Ramonita Oramas el día en que se murió...Y en el año 1779 vio al perro que se hacía invisible, el Teniente de Infantería e Ingeniero Don Dionisio Baldenoche.Y lo vio el Alcalde de Matanzas, Don Ignacio de Lamar, en el año 1801.Y también lo vio, en el año 1815, el primer Gobernador de Matanzas: el Brigadier Don Juan Tirry. Pero todos estos testigos de la vida invisible y al parecer eterna del perro de lunar pelaje y ojos azules y luminosos, en su oportunidad quitaron importancia a sus respectivos encuentros con el Perro Invisible de Matanzas, y terminaron afirmando que tal vez lo que cada uno de ellos vio, fue una sombra en la noche llena de luna que confundieron con un perro...En Europa, en Niza, un matancero: Alejandro Odero (nació en 1827), pintó al Perro Invisible de Matanzas, y el cuadro de tema tan absurdo, años después se perdió.El poeta José Jacinto Milanés y Fuentes, afirmaba en febrero de 1863; que él conocía al Perro Invisible... Y que sabía que casi siempre, era el consuelo de los solitarios, amigo de los artistas y poetas, y fiel protector del alma inmortal de la ciudad de Matanzas.El Poeta Nacional Bonifacio Byrne escribió un soneto al Perro Invisible. ¿Lo vio...? Nadie sabe si lo vio alguna vez. El Perro Invisible sigue cumpliendo su misión misteriosa por las calles de la ciudad de Matanzas y , los que pueden verlo, saben que es aquel mismo perro que describió Doña Ramonita Oramas , viuda de Solís, en su lecho de muerte, en el apenas recordado año de 1771.

Leyenda El Cristo de la Cueva: En el primer tercio del siglo XIX en la ciudad de Matanzas, en una palaciega casona de la calle Río, vivían un viudo de cuarenta y ocho años, de muchos bienes, y su hijo de diecisiete años. Este acaudalado señor era conocido por el nombre de Don Pedro; el apellido no ha llegado hasta nosotros, ha quedado perdido en la poética bruma de la leyenda. Don Pedro era lo que se ha dado en llamar, un hombre de cáscara amarga y corazón de oro. Recto, cumplidor de sus deberes, irascible, impaciente, bondadoso, de mano abierta para el pobre, cristiano de Misa diaria y comunión semanal. En la rica casona de Don Pedro, los esclavos eran considerados como amigos servidores. Y uno de ellos, Goyo, se había convertido en la mano derecha de Don Pedro. Goyo, esclavo cincuentón, era como su amo, viudo y con una hija de catorce años, Isabel: cuerpo de mujer escultural, cara de niña traviesa y ojos donde la alegría ponía a diario su luz cascabelera. Don Pedro había visto crecer en su casa a Isabel. Y cuando por la mañana ésta le servia el desayuno en la alcoba, siempre conversaba con ella en tono paternal. La joven esclava Isabel, era favorita de su amor. Pero Don Pedro guardaba en su pecho una enorme tristeza: su carácter irascible. Y un amor gigantesco: su hijo Fernando, quién ahora estaba lejos, estudiaba en La Habana. Lo único que alteraba la cordial placidez de la casona de Don Pedro, era la irascibilidad del amo. Don Pedro explotaba como volcán poderoso ante cualquier contrariedad y los esclavos, en esos momentos , temblaban y se ocultaban temerosos de las explosiones del amo bueno. En unas vacaciones estudiantiles vino a Matanzas el hijo de Don Pedro. El niño Frenando se convirtió en la calle del Río en lo que nunca había dejado de ser para su padre: en el centro de la vida. Y la alegría de la esclava mimada, la alegría de Isabel, apuntó convertida en admiración, hacía el niño Fernando. Y el diario llevar al niño Fernando el desayuno a la cama... Y la negra belleza de Isabel...Y los diecisiete años de Fernando y los catorce de Isabel...Isabel se enamoró del imposible que era el niño Fernando, y un día le entregó su cuerpo, y con el cuerpo, el alma... Y cuando el niño Fernando regresó a La Habana para continuar sus estudios, Isabel quedaba con la siembra de un hijo, un hijo de Fernando. Pasaron los meses y la alegría de Isabel en escondido llanto. La maternidad se había hecho ostensible. Y los catorce años de Isabel ocultaron su maternidad, diciendo que estaba enferma, que sentía el vientre lleno de agua. Y nadie en la casa adivinó el secreto. Don Pedro prometió llamar a un médico para que curara a Isabel de su hidropesía. Pero Isabel consiguió aplazar esa visita médica. Y se cumplieron los nueve meses de embarazo. Y el hijo de Fernando clamó, desde la carne de Isabel, su derecho de llegar a la vida, de nacer...Isabel huyó de la casa de Don Pedro... En el Abra del río Yumurí , en la llamada Cueva del Indio, encontró Isabel provisional refugio. Caía la tarde. La cueva se iba llenando de sombras cuando Isabel sintió los dolores de parto. Un miedo enorme tatuó el corazón...De rodillas se apretó contra la pared del fondo del primer salón de la cueva. Así, hecha un ovillo de dolor y miedo, Isabel pidió ayuda al Señor... Y la petición de ayuda fue escuchada. Allí, sobre la cabeza de Isabel, apareció una negra cruz incrustada en la rocosa pared y en la cruz, clavado, Jesucristo. Isabel sintió la presencia de Cristo. Alzó sus dolientes ojos a él y reiteró su petición de ayuda. Y el Cristo, desclavando sus manos, las extendió protectoras sobre Isabel, y con viril y amorosa voz dijo: No tengas miedo...Tu hijo nacerá dentro de un momento...No temas...Yo estoy aquí... Isabel sintió que una dulce paz la abrazaba...Y fue madre... El Cristo, de blancura deslumbrante, sobre la negra cruz incrustada en la roca, desapareció. Don Pedro estaba furioso. Isabel, su esclava favorita había huido de la casa. Después de muchas horas, al fin se pudo saber que Isabel estaba escondida en la Cueva del Indio, en el Abra del río Yumurí. Don Pedro había mandado a ensillar su caballo, él mismo iría a buscar a la fugitiva. Don Pedro llegó, látigo en mano y comenzó a subir hacia la Cueva del Indio... Isabel quedó sorprendida al ver llegar a Don Pedro. Miedosa, se arrinconó contra la pared donde había visto al Cristo. Y con voz llorosa gritó: Amo, perdón...Amo, perdón. Perdón... Don Pedro, cegado de ira, avanzaba hacia Isabel, con el látigo pronto a caer sobre la esclava. De repente, Don Pedro vio allí, sobre Isabel caída de rodillas, una cruz negra incrustada en la piedra y en la cruz, clavado, a Jesucristo. El látigo de Don Pedro cayó al suelo... Su corazón se hizo temblor de esperanza, miedo y amor... Se dejó caer de rodillas... Y el Cristo desclavó sus manos y las extendió sobre Isabel. Y mirando a Don Pedro, con voz dulcemente viril, majestuosa, dijo: Esa mujer te ha dado un nieto. Tienes que proteger a la madre de tu nieto... Obligado quedas a velar por la mujer y el niño... El Cristo desapareció. Isabel volvió a la casona de la calle del Río, montada a la grupa del caballo del amo. Don Pedro guiaba al animal maquinalmente. No se daba cuenta del escándalo que a su paso iba haciendo por las calles de Matanzas...El acaudalado señor Don Pedro llevaba en su propio caballo a una esclava que cargaba en su brazo derecho a un niñito negro... Don Pedro, al llegar, había ordenado a Goyo que cuidara a Isabel y al niño... Ahora Don Pedro se detuvo frente al crucifijo de marfil, que delante de su cama, ocupaba sitio de honor. Mirando al marfileño Cristo dijo en voz baja: Señor, voy a darles la libertad a mis esclavos Goyo e Isabel...Ella necesita de su padre y yo lo pierdo... Voy a mandarlos a una de mis fincas...

Leyenda El Pocito: Un sábado del mes de Abril del año 1819 llegó a Matanzas la diligencia de La Habana conduciendo, entre los seis pasajeros que la llenaban, al rico matrimonio conformado por Don Carlos Martínez de la Barrera y Doña Susana Quintero de Baeza, emparentados ambos con distinguidas familias matanceras.Don Carlos, alto, nervioso, delgado y de treinta y ocho años, venía con su mujer a residir en una finca cercana a Matanzas, para reponerse de una enfermedad que le había afectado ligeramente los pulmones, según decían él y sus más allegados familiares.Doña Susana, dulce, soñadora, enamorada de Carlos, pronta a todo sacrificio, y bella mujer de poco más de veinte años, sufría calladamente la tortura de los celos absurdos de un marido que, sabiéndose tuberculoso, se creía despreciado secretamente por su mujer.Dejando atrás la calle Gelabert ( hoy Milanés) un carretón cargado de muebles entró en el camino que conducía hacia el valle de Yumurí y llagaba hasta el caserío de Corral Nuevo.El camino polvoriento se enroscaba, en bajada, al lomerío que encerraba por aquel lado el verde cambiante del valle.Al fin llegó el carretón a la portada de la finca, llamada por todos El Pocito, por tener frente a su entrada un pozo de brocal de piedra y abrevadero para ganado.El carretonero dio de beber a la mula. Enseguida atravesó el portalón y se dirigió a la confortable casa que, a unos cincuenta metros, parecía asomada a la amplia avenida de palmas reales.En aquel carro llagaban los últimos muebles que enviaba Don Carlos Martínez de la Barrera para hacer cómodamente habitable su nuevo hogar. Al día siguiente él llevaría a Susana y trataría de ser feliz alejado de todos, si la tuberculosis la daba tiempo para ello.El portal se llenaba de la paz por la brisa que enredaba en las palmas el canto frágil de los tomeguines.....Susana bordaba aprovechando la última luz de la tarde.Más allá de la portada, junto al pocito, hablaba Carlos con un hombre joven.Poco después supo Susana, por boca de su marido , que aquel hombre joven se llamaba Alfredo, y que vivía a menos de dos kilómetros, por el camino de Corral Nuevo.Los días se hicieron acerados de amarguras. Carlos sin parecerlo, enloquecía de celos viendo como Alfredo se convertía en visita diaria.Susana, quien sospechó la oculta tormenta, se quedaba más tiempo en su habitación leyendo o bordando.En la llamada finca de El Pocito, la felicidad se había tornado humo negro en manos del viento...Vestía de pálido azul, Susana, y un amplio chal de seda, también azul, le daba un aspecto oriental....Carlos la miraba con amor y odio, oyéndola reír el último cuento humorístico de Alfredo que, aquella noche, había cenado con ellos.El corazón de Carlos sintió un alivio: se había marchado Alfredo.En la clara noche de julio la luna teñía, de misterio de plata, palmas y lomas...Susana , sin sueño, decidió levantarse... Todavía estaba ausente Carlos. ¿ Por qué se demoraría tanto en Matanzas?Susana calzó unas zapatillas, sobre el largo ropón puso el chal de seda azul y salió de su habitación.La avenida de palmas era una muda invitación abierta a la dulzura de la noche. Susana oyó en su sangre la invitación y la aceptó, caminando hasta el pocito... Allí, en el brocal, se sentó....Y el dolor de su vida se le hizo presente. Ella amaba a Carlos con toda su alma; pero Carlos parecía ignorarlo...Sintió frío interior y maquinalmente se arrebujó en el chal ...Su corazón era una angustia preñada de espinas.Clavando los ojos en la belleza del cielo, preguntó mentalmente: ¿ Qué hacer, Señor?De pronto vio a un hombre frente a ella...Sin poderlo evitar Susana dio un grito de susto... Era Alfredo...regresaba a su casa y, al verla en el pocito, se había detenido.Susana pidiéndole excusas se levantó para marcharse .Estaba avergonzada y molesta por haber sido sorprendida. Y entonces llegó Carlos...No hubo tiempo de explicar nada. Un puñal en manos de Carlos cegado de celos... Y la muerte entró certera en el corazón de Susana.....Todo era silencio, Carlos, desarmado y arrodillado ante Alfredo, herido de muerte acababa de saber la verdad... Alfredo no amaba a Susana.... Casualmente se habían encontrado esa noche....Alfredo ya no hablaba la muerte estaba en su boca...Susana yacía caída sobre el polvo, con una luna de sangre en el pecho roto, envuelta en el chal azul... Y más bella que nunca....Alfredo apareció muerto a la mañana siguiente, lejos de la finca El Pocito.Don Carlos mandó cegar el pozo y arrancar el brocal.Nadie sabía dónde estaba Susana. Don Carlos no dio explicaciones a sus esclavos, ni a sus parientes cuando fue a Matanzas y tomó el vapor Neptuno que, al mando del capitán Manuel Dehogues, se dirigía a La Habana.Los guajiros del Valle de Yumurí comenzaron a ver por las noches, una bella mujer envuelta en un chal azul, donde estuvo el pocito que , en julio de 1819, mandó a cegar Don Carlos Martínez de la Barrera.Y aseguraban algunos vecinos del valle que la mujer del chal azul del pocito cegado junto al camino de Matanzas a Corral Nuevo, siempre está rezando para que Dios perdone al hombre...La mujer del chal azul del cegado pocito, desde el lejano 1819 no ha dejado de aparecer mes tras mes, y año tras año.... Y los viejos guajiros de experiencia afirman que la carretera matancera de El Pocito, que va a Corral Nuevo, está bendecida por la mujer del chal azul, porque ella trae suerte a quienes tienen el privilegio de verla y oírla rezar pidiéndole a Dios el perdón de un hombre.

 

 

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